HAEDO
Que especial es el Oeste. Seguramente yo sea el que me siento asi cuando estoy por acá. Si en la cruda y hermética Capital caminaba una cuadra y saludaba a tres personas, entre ellas el dueño capitán marino del Kraken a quien extraño mucho y a las chicas del Café Sur de la calle Ciudad de la Paz, aquí en Haedo, en mi querido Oeste, no puedo caminar ni diez metros para que desde los autos, desde algún balcón, desde alguien que pasa por la vereda, hasta inclusive dentro de las mismas vidrieras de los negocios de la calle Rivadavia, logre exponerse un "¡Que hacés Memu querido! ¡Cuanto tiempo hace que no te vemos por acá"! Déjenme decirles que es un sentimiento inigualable, ya tengo por lo menos varios planes de los cuales hacerme cargo en lo que resta de la semana. A cualquiera le pasa eso, no es que sea mi persona un tanto especial, Haedo es así, tiene la dinámica propia de un pueblo, es como una burbuja en la inmensidad voraz de la zona Oeste del Conurbano bonaerense.
Que recuerdos. Andando en bici con la grupada, pasando por en frente de la casa de la chica del colegio que me encantaba, tirando algun que otro petardo por ahí, dios no quiso que me quede sin dedos, y corriendo alrededor de la plaza sin parar, todas y cada una de las mañanas de enero. Y ni que hablar del Club, de la Sede: bueno, eso ya merecería otro capítulo entero.
Un gusto volver por acá.
Hoy salí a caminar temprano con el petiso Elvis y de una de las casas que yo conocía de cuando era chico, de esas casas que uno siempre ve pero que nunca logra saber quien vive allí, una mujer de unos ojos saltones, verdes y saltones, con un cabello entre el gris y el rubio, me miraba fijamente mientras me acercaba desde el otro lado de la calle y en su dirección. Pues yo cruzaba y ella ya estaba tras la reja, cerrándola pero manteniéndola abierta. "Nunca te vi", pensé. La miré fijo, ella ya sabía que yo era de confiar, por eso no cerró la reja, quizás me reconoció. La seguí mirando fijo disimuladamente, y como se hace eso, no lo sé, pero lo hice, y poco a poco fui acercándome. Es cierto que todo esto es un trabajo en equipo, Elvis fue el primero en apróximarse a la reja y ella no tuvo otra opción que terminar de abrirla y agacharse para acariciar a semejante belleza de bestia y yo mirar a la otra. No dije una sola palabra, me acerqué y me quedé observándoles.
— Que hermoso es, ¿cuánto tiene?
— Un añito nomás. Que se yo, el disminutivo tiene algo de la confianza de las verdulerías que me causa una buena sensación. Elvis, tremendo engendro hiperquinético, parecía hipnotizado. Ella lo acariciaba y él lamía sus manos y se acercaba aún mas para nunca perder esas caricias. Yo observaba.
— La mia murió en diciembre. Me hubiese encantado tenerla durante la cuarentena.
— Si, te entiendo. A mi él me salvo un poco de un silencio que no hubiese podido soportar.
— Por suerte mi hermana se vino a pasar estos meses conmigo aca en mi casa. ¿Vos la pasaste acá?
— No, estuve en un departamente en Capital que alquilaba hace dos años. Pensé en volverme a penas empezó, pero decidí hacerme cargo del lugar donde yo había elegido tener mi hogar y que, con todos sus condicionantes, sea mi refugio.
— ¿Y, como te sentiste en un departamento?
— Para la mierda la verdad. Nunca más me encierro así. O al menos espero no volver a pasar por eso en lo que respecta a una decisión personal. A Mandela no le quedó otra por ejemplo.
— ¿No me digas que leiste la biografía de Mandela durante ésta cuarentena?
— Asi es.
— Yo también —. Y los ojos saltones se tranformaron en dos luceros incandecentes que parecían salidos de las mil y una noches.
— Que historia increíble, ¿no? — Ay, disimulé me atracción total.
— Si, sobre todo la parte donde él cuenta su experiencia mental estando encerrado en una celda de tres metros por cuatro.
— Tal cual, eso fue justamente lo que me ayudó a mi a soportar y luego a superar esa situación de encierro.
— Te entiendo, es que fue horrible—. Y acentí con mi expresión de desazón. — Escuchame, ¿que vas a hacer ésta noche? — Un total escalofrío bajo por la parte central de mi espalda hasta acultarse tedioso en los montes de mi cintura.
— No tengo planes por ahora.
— ¿Querés ir a tomar un helado a Las Flores después de cenar? Vamos caminando tranqui, la noche está hermosa —. No sabía si era la noche o era ella. Concluí que eran las dos desiderablemente bellas y accedí sin dudarlo.
— ¡Dale! Yo vivo ahí justito, te paso a buscar, ¿te parece a las diez?
— ¡Genial! ¿Lo vas a traer a Elvis?
— ¡Obvio! A él le encanta caminar después de la cena.
Alzó a Elvis con las dos manos y le dio un besote, luego lo dejó en el piso, se volteó hacia mi y me extendió su mano, — Hola, soy Elisa. — Un gusto, yo soy Agustín.
Termino de escribir esto y me voy a bañar, comí solo una ensalada y me tomé solo una copa de vino. Generalmente en las noches, suelo tomarme cuatro o cinco.
—
En fin. Hoy por la mañana vino Tito, asi se llamaba el técnico que vino a instalar los cables. Que personaje. Vio las violas colgadas en la pared y enseguida me preguntó
—¿sos músico?
Y yo le contesto
— No, yo no, pero mi visabuela era la versión femenina de Chopin, en el piano y en el humor.
— Ahhh... ¿y esas violas?
— Quedaron acá, eran del dueño anterior de la casa. Él pensaba que los instrumentos que daban música a éstos espacios, nunca deberían dejarlos, asi que las dejó acá.
— Pero son tremendas violas, eh... Yo tocaba cuando era mas pibe. Teníamos una bandita, y le dábamos... "2 minutos", "Skape", "Flema"... uy, que mambo nos agarrábamos con Flema. Yo lo conocí al Pity, ¿sabés?
— ¿En serio?
— Va, a él EL, no, pero le fui a instalar los cables a su vecino... allá por... Lugano, si, Lugano. No sabés, me decía que durante el día no se escuchaba ni una sola mosca, pero a partir de las doce de la noche, pufff, ahí empezaba con la guitarra hasta las ocho de la mañana. Lo tenía loco. Un zarpado talento ese, eh. Yo lo re escuchaba cuando recién salió con Viejas Locas. Un maestro. La música, las letras, el ritmo del Rock and Roll. Después me casé con el Indio, pero que épocas eran esas.
Fuimos para la calle, necesitaba colgarse de la escalera y subirse al poste para enganchar el cablecito de mierda ese. Y yo pensaba "mirá este tipo como se cuelga de acá y te instala el cable"
— Che, ¿necesitás una mano?
— Nah, esta todo encaminado. Me dan cosa éstos árboles que están un poco podridos, y viste, si no tenés cuidado, te vas a la mierda.
En una toma samurai dio tres pasos: instaló el cable, saltó del árbol y agarró una llave en el aire, y todo eso cantando lo que de fondo sonaba del Indio Solari, creo que me dijo "El Perfume de la Tempestad".
— Que poeta ese, eh...
— Vos no te imaginás desde pendejo lo que la flasheaba con las letras de éste chabón. Para mi fue siempre mas un poeta que un músico, es como que te recita tu condición mas humana y la lleva a lugares donde ningún otra artista lo hizo. Yo creo que nadie se animó a hablar asi. Quizás Prodan te mandaba alguna que otra, pero el chabón estaba re copeta.
— Otro bocho.
— Puf, olvidate. Mi viejo lo conoció. Dice que el tipo se te aparecía con un mate de ginebra.
— ¿De qué?
— Asi como escuchaste, de ginebra.
— Puff.
— Olvidate, estaba para otra cosa.
— Evidentemente.
— Pasa que esos tipos no estan para la profundidad, no se le animaron o no se les dio, viste.
— ¿En que sentido?
— Y como por ejemplo el Pity o Prodan, dos bochos, gente que nace con una condición distinta pero que no llega a la profundidad. La vida, o la droga o el chupi, se los traga antes, y lo mismo pasa con la gente en general.
— ¿En que sentido?
— Ponele, hace falta tremenda adicción para llevarse puestos a estos dotados de la música, del rock. Pero, por ejemplo, a la gente en general, también se la llevan puestas otras adicciones: el laburo, la profesión, los compromisos familiares, la tele, una minita, un chabón, etc.
— El Indio vive en Flores, solo.
— Y Borges vivía en Retiro, igual de solo.
— "Pero dos que se quieren se dicen cualquier cosa".
— Y sin embargo, "estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo".
— "La hija del Fletero".
— "El amenazado".
— Si esas no son palabras de amor, entonces ¿qué lo son?
— Me declaro incompetente.
— Yo igual.
... ... ...
— Bueno, acá ya está todo listo, che. Lo único, fijate cuando entres a tu casa, que la lucecita del wi fi siga prendida. Si no es asi, vas a tener que llamar de nuevo al servicio al cliente.
— Despreocupate, hermano, si el wi fi sigue sin funcionar tengo una canciones, unos poemas y unos vinos por degustar.
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