Roró
—Hola, Emi. —¿Que hacés, Clotilde? —Maso, anoche dormí para el orto. —¡Viste que frío!
—Si, eso también, pensá que estamos en mitad de octubre. —Que año loco, eh. —Ni hablar, ya saqué y volví a guardar el acolchado sueco varias veces. —Ese acolchado si que es calentito: ¿te acordás cuando lo tiramos en la arena fría, aquella madrugada en el fogón, justo al lado de las orillas del Falkner?
—Y nos quedamos dormidas, nos levantamos al amanecer y había unos patitos picándonos los pies. ¡Como no me voy a acordar! Hermosa esa noche, ese día... todo, todo... Pero anoche no fue así, anoche no solo tuve frío sino que también tuve miedo. Hace años que no tengo miedo en casa.
— Te entiendo, Clo. La provincia está liberada, hasta que Otroloff y Bernisconi se pongan de acuerdo, a la moneda se le iluminan las dos caras. — No, pero no solo por el tema del choreo, sino que tuve miedo miedo, es decir, miedo de fantasmas, de presencias. —Curioso. Estamos grandes, Clo...—No, ya sé, boluda, pero te digo que estaba desvelada a mitad de la noche, ahí por las tres de la mañana, y como no me podía dormir, empecé a leer unos cuentos de Anton Chejov. Éste es como un librito de microcuentos, chiquito y ancho, muy ancho, que encontré el otro día revisando los cajones del altillo. En la primera página hay una dedicatoria hermosa para mi bisabuela Roró, estoy hablando del año 1926.
—Chejov era de esa época si no me equivoco.
—Exactamente. Bueno, entonces, me animé a leer la dedicatoria: se trata de un hermoso texto que le escribe una amiga que, aparentemente, se había quedado en Europa y le obsequiaba ese librito en modo de despedida.
—¡Hermoso!
—Bellísimo.
—¿Y dónde viene la parte del miedo?
— Paraah... No te adelantés... Bueno, empiezo a leer la dedicatoria y, en eso, el velador se apaga y se prende, en un segundo.— ¿Como que tuvo un corto?—Si, algo así. Entonces, continué leyendo, pero ya me quedé incómoda viste.
— Si me imagino. A parte, con todo el arreglo de la casa, ¿dónde es que estás durmiendo ahora?
— Ahí, en su cuarto. Entonces, ya incómoda, sigo y al final del texto había una última oración que decía:
“y te volveré a ver,
dibujada tu silueta en alguna nota que
volando en la brisa del cielo,
me recuerde a tu perfume de rosas,
hoy y por siempre jamás”.
— ¡Precioso!
— Si, todo hermoso, hasta que en ese momento fue cuando comencé a escuchar levemente las teclas del piano: de fondo y de a poquito, se iban aumentando ¡más y más: salté de la cama!
— Ay, boluda, no me jodas. Te está pagando para la mierda el vino, o quizás esas aplicaciones que tenés en el celular últimamente. Sabés que recomiendan dejar la pantalla una o dos horitas antes de ir a dormir, Clo... Sino después te vas a dormir re caliente y mirá lo que pasa... No hay nadie que te acaricie el culo con amor, tampoco podés dormir, y encima, te desvelás. Todo mal, esas apps están mal.
— Te estoy hablando en serio, Emi. No tomé tanto vino anoche.— ¿Y esas apps...? — Bueno, te sigo contando. —Mmmm... —Entonces me levanto de la cama y me pongo la bata de baño como para bajar a ver que pasa... No me mires así, boluda, me dio curiosidad. El piano seguía sonando, no te estoy jodiendo, sonaba de fondo Concerto No. 3 en Do Menor de Rachmaninoff; Roró la tocaba como nadie, he escuchado historias sorprendentes sobre esa canción allá en la calle Río de Janeiro justo entre Caballito y Almagro de donde eran originalmente.
— Claro, yo me acuerdo cuando éramos chicas de estar llegando a tu casa y escuchar el piano a una cuadra casi — Si, ese tema lo tocaba locamente; si el mismo Rachmaninoff la hubiese escuchado, creo que se hubiese caído de culo.
— Seguramente se cayó. Y entonces, ¿que hiciste? ¿Bajaste!? — Si, bajé despacito. Mientras, la canción entraba en los cambios graves y agudos y el piano sonaba como nunca lo había escuchado antes: con una suavidad, con una tensión, con una simpleza, con una fuerza, con una melodía que se parece “al recuerdo, de sus ojos, de su cara, de su boca, de su piel, de sus caricias, de su sonrisa, de nuestra despedida”...
Llegué al lado del piano y lo contemplé hasta que terminara la pieza. Luego cerré tranquilamente la tapa y apagué la luz; subiendo las escaleras, el amanecer invadía la tranquilidad de la noche a través de la ventanilla cuadricular tapada en la altura por los cartones del tiempo. Entré al cuarto y me recosté para seguir leyendo. En la segunda página había ahora una respuesta y decía lo siguiente:
“en Do Menor y por siempre jamás.
Octubre 27 del 2020”.
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